lunes, 4 de noviembre de 2013

Cuando la Ciencia no sabe, no contesta.



Hay mucha gente seducida por el tecno-optimismo y por la idea de que la ciencia puede darnos la respuesta a todas nuestras preguntas. Esto no es así. Y no me refiero a complejas teorías o modelos sobre nuestra realidad, me refiero a una pregunta sencilla que se hace cualquier estudiante o niño pequeño: ¿para qué?
Es curioso como una pregunta tan simple, ¿para qué?, puede delimitar la frontera entre conocimiento y sabiduría, entre la ciencia y las disciplinas que hacen uso de ella. Entre la herramienta y el arma, entre el bien y el mal, entre la irracionalidad y la sensatez.
Vivimos la locura de políticas sin sentido, pero respaldadas por supuestos expertos en soluciones únicas y en eufemismos grandilocuentes que no consiguen ocultar una realidad de miseria e injusticia. La economía se usa para hacer mas ricos a los ricos, la ley para garantizar los privilegios de unos pocos. Cuando se acaban los argumentos se recurre a los chivos expiatorios, a la criminalización de la pobreza y de aquellos que se atreven a denunciar el mundo de secretos y manipulaciones de los servicios de inteligencia. Una inteligencia en la que solo descubrimos la habilidad para el engaño y la ocultación de la verdad, donde la abundancia de información no nos está sirviendo para estar mejor informados, sino siniestramente manipulados.
Se ningunea y se miente a la población en general, convirtiendo a la política en el ejercicio de la desfachatez. Se gobierna "como Dios manda" y no se hace lo que se dice sino lo que a Dios y al capital se debe. Eso sí, se invoca a los votos traicionados para proclamar una legitimidad basada en la burla.

La intención de conseguir un objetivo no siempre se traduce en su consecución. No siempre que actuamos con buenas intenciones conseguimos algo bueno. No siempre que actuamos con intenciones interesadas y egoístas obtenemos el beneficio esperado. Por eso necesitamos la ciencia, porque la realidad y la verdad no se molestan en darnos cuentas de su existencia y las leyes de la Naturaleza no admiten financiación irregular ni aceptan sobornos. La teleología, la pregunta ¿para qué? y todo lo que determina objetivos, necesita que la ciencia confirme que esos objetivos entran dentro de lo posible. Por eso la economía no es, hoy por hoy, una ciencia. Pretende el crecimiento infinito a pesar de que ya nos estamos estrellando contra los límites de ese crecimiento.
No son los expertos, ni los científicos, sino los ciudadanos y la población en general quienes deben establecer los objetivos de las políticas, la búsqueda del bien común, pero sin una información veraz y una formación adecuada, la población se convierte en una masa sin brújula a merced del engaño y la ocultación del conocimientos propiciada por los poderes fácticos.

EL OBJETIVO DEL PODER
El objetivo del poder no es el conocimiento ni la verdad, el objetivo del poder es el dominio. El objetivo de la religión no es la verdad, sino el dominio de una creencia sobre todas las demás. El objetivo de la tecnología, el dominio de la Naturaleza. Los políticos piden nuestro voto para ganar, no para servir. El objetivo de la economía, del poder militar y del poder político es el dominio de unos seres humanos sobre otros. Al fin y al cabo, la política es la continuación de la guerra por "otros medios" y la economía, la continuación de la política o mas bien de su control y dominio por parte de las oligarquías. El objetivo de la ley es garantizar los privilegios de las clases dominantes. El objetivo de los medios de comunicación es distraer y confundir a la mayoría, sobre los objetivos de la minoría dominante. El objetivo del poder podría ser otro, podría ser el servicio en lugar del dominio, pero los hechos se empeñan en mostrarnos una realidad inapelable.
Asistimos en resumen, al intento del poder por presentar a la teleología como ciencia y a la ciencia como teleología, aplicando así un barniz de amoralidad sobre lo que resulta profundamente inmoral. El objetivo es antiguo: el poder se deshace de la responsabilidad por las decisiones que toma e impone, para adjudicarla a quienes las padecen. Esa es la esencia de la dictadura y del fascismo, la muerte de la democracia.
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